Con la muerte reciente del ex presidente Gerald Ford, se refresca la memoria sobre Watergate, el escándalo que sacudió las bases del gobierno de los Estados Unidos, provocando que por primera vez en la historia de ese país un presidente recibiera un citatorio y se expusiera a un juicio ante el Congreso bajo la acusación de obstrucción de justicia, abuso de poderes presidenciales e intento de impedir el mismo proceso de inculpación.
La renuncia de Nixon en 1974 dejó un gran misterio sobre las mentiras de su participación en el escándalo de las grabaciones en la sede de campaña del partido demócrata.
Ese hecho, que parecía un juego de estrategia de campaña electoral, generó el mayor escándalo moral y político que hasta ese momento había experimentado la sociedad norteamericana, la que pretendía valorar la verdad y la pulcritud en el comportamiento como una virtud especialmente de sus representantes y capaz de excluir liderazgos nuevos por haber contratado inmigrantes ilegales para sus servicios domésticos.
El transito que hemos visto suceder desde Nixon – Clinton – Bush, nos hace pensar que la sociedad americana, que se ha pretendido como el norte para el resto del mundo, ha venido cediendo espacio a la mentira, cuya valoración política y social pasa con ligereza permisiva a un comportamiento de doble moral y que parece validar, principalmente en el actual presidente americano, aquello de que el fin justifica los medios.
La guerra en Irak, la muerte de soldados y civiles cuyos números quedaran siempre en duda, el efecto en la economía mundial, las cárceles secretas, el nuevo diseño de tortura aplicado a los presos, las detenciones sin juicio por hasta 4 años en Guantánamo, el desconocimiento de las resoluciones de la ONU, y todas las demás mentiras y manipulaciones de informaciones identificadas en su nuevo libro por el periodista estadounidense Bob Woodward, el mismo que hizo las investigaciones periodísticas del caso Watergate, son parte del paquete de mentiras comprobadas que, sin el olvidar el expediente del ciclón Katrina, podría decirse superan con creces el caso Watergate, sin que con esto se pretenda justificarlo.
Resulta preocupante cómo, ante todo lo anterior, la sociedad americana simplemente no ha reaccionado con la misma fortaleza de reclamo moral como lo hizo ante Nixon. Se podría decir que los resultados de las recientes elecciones congresionales de ese país marcan una señal de rechazo a esa cultura de mentira política, pero es una lectura que puede mezclarse con un sentimiento cercano a los efectos de una guerra que empieza a dejar dolor en la familia norteamericana, que comienza igualmente a refrescar la memoria sobre la guerra de Vietnam, cuyos temores e inseguridad han aumentado por efecto contrario a la lucha contra el terrorismo.
La historia esta repleta de ejemplos de gobernantes que asumieron la mentira como una de sus mejores armas para justificar su accionar, por lo que no es de asombrarse como si esto fuera una novedad.
Lo que llama la atención es precisamente que como sociedad, y la estadounidense no es la excepción, estamos perdiendo nuestra capacidad de asombro y de respuesta frente al proceder de los políticos de este tiempo, dejando espacio para que una conducta como esta se presente con ribetes de normalidad y que pueda ser asumida por otros, partiendo de que el ejemplo valida el comportamiento y que en la practica se traduce en una repetición tan seguida que pretende convertirla en verdad.
Este fenómeno de la mentira como justificación del accionar político supone que lleve como contrapeso una reacción de reclamo de parte de la sociedad, al punto que provoque movimientos de repudio y la exclusión de aquellos que lo promueven como medio para mantenerse vigentes en la política o como opción de gobierno.
Ante la ausencia de ese reclamo social, los políticos no se inmutan ni se ruborizan, ni se amilanan ante ninguna afirmación, asumiendo el silencio o la manipulación de la información como respuesta frente a todo cuestionamiento, recibiendo en ocasiones una mayor promoción en los medios de comunicación. Y así las cosas, la omisión en el reclamo nos hace cómplices.
En esta etapa de nuestro país, en la que estamos presenciando la maduración de la transición del viejo liderazgo nacional, se hace necesario retomar una serie de principios que parten de una ética social y política que pueda inspirar a nuestros políticos, lo cual debe venir precisamente de la sociedad misma que pueda expresarse de manera ordenada.
Es simplemente “no hacernos los locos” ante situaciones que evidentemente no son normales y que exigen una reacción nuestra como sociedad y como país.
El no hacerlo promueve el individualismo, puesto que para algunos el no involucrarse supone niveles de seguridad, nada de riesgos, con lo que se podría auspiciar que cualquier se convenza así mismo de que puede hacer cuanto quiera sin tener que rendir cuentas y sin que nadie le pida explicación.
Reclamar un mejor comportamiento a nuestra clase política es un deber que todos tenemos y que debemos estar en condiciones y en la disposición de ejercer si es que queremos un mejor país. La historia reciente nos sirve de lección, para estar atentos y vigilantes.
Ángel Cano
Centro Juan XXIII