En nuestro país tenemos más de mil razones para quejarnos, más de mil actos de corrupción que denunciar, más de mil malas decisiones que criticar, más de mil razones válidas para denunciar desafueros en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
En la práctica lo que está sucediendo es que unos pocos afortunados, algunos bien intencionados y otros no tanto, manejan estos temas públicamente.
Uno de los casos más auténticos es el del periodista Marino Zapete, quien se las juega permanentemente denunciando con nombres y apellidos diversos actos y actores de la corrupción, pero ¿de qué sirve?
Históricamente el porcentaje de actos de mal manejo de la cosa pública que se ha logrado que sean enjuiciados o juzgados con consecuencias penales es ínfimo y ridículo.
Desde que tengo uso de razón los periódicos, noticieros y programas de opinión han presentado y denunciado las barbaridades que han cometido los que nos han gobernado, todos los poderes del Estado incluidos, pero ¿qué se ha logrado?
Para lo único que sirve quejarse es para desahogarse, para nada más, por lo menos en nuestro país.
Entonces ¿qué hacer para dejar de quejarnos de los encantadores de serpientes dueños del país?
¿Qué hacer para que nos dejen de gobernar?,
¿Cómo intervenir para que dejen de hacer todo lo que les venga en gana?
Debemos tomar su lugar, esa es la única forma. La única forma de acabar con un mal hábito es reemplazándolo con un hábito bueno.
Algo tenemos que aprender de esta raza voraz que históricamente ha mal manejado los destinos del país.
No son bien educados, pero se organizan; no son solidarios, pero siempre están ahí; no les importa realmente los problemas de nadie, pero los escuchan; no hacen nada por los pobres, pero los besan y los abrazan, bajan a su nivel y conocen su realidad; no hacen nada bueno que perdure, pero son persistentes; en fin, debemos aprender de ellos para poder reemplazarlos.
Resulta paradójico que la clase productiva de la nación, el empresariado, financie cada cuatro años las ferias de cotorras llamadas elecciones, en donde se dice lo mismo una y otra vez, donde el discurso se dirige de forma intencionada a los que menos entienden lo que se les dice, de una forma descarada, como si no existiera ser pensante alguno entre los que escuchan las propuestas infantiles y ridículas llamadas discursos proselitistas.
Resulta difícil de creer que las personas que se desenvuelven en un mundo competitivo, lleno de objetividad, inviertan sumas considerables de recursos una y otra vez, para obtener siempre los mismos pésimos resultados, para tener siempre las mismas incertidumbres y cada vez menores garantías para sus preciados intereses.
Los antiguos griegos lo tenían bien claro: “Idiota” era el término por el cual los antiguos griegos llamaban a los ciudadanos que, como tales, poseían derechos, pero que no se ocupaban de la política de su Polis, es decir, personas aisladas que ignoraban los asuntos públicos, sin nada que ofrecer a los demás y obsesionados por las pequeñeces de su casa y sus intereses privados.
Es decir, somos idiotas si no nos involucramos en la política, en los asuntos de los destinos de nuestra nación.
Basta ya de que los menos preparados y los más despiadados sean los que conduzcan los destinos de nuestro país, cada uno de los dominicanos debe conducir su propia revolución, integrémonos a instituciones de toda índole que incidan en la vida nacional, no les dejemos los espacios a los oportunistas que no tienen nada que aportar.
Nuestro país está lleno de gente buena, de gente que tiene mucho que aportar, pero lamentablemente son los que menos participan y los que menos se involucran en los intereses de la nación.
Steve Cabrera
Centro Juan XXIII