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martes, 21 de febrero de 2006

Nuestra sociedad está viviendo un momento marcado por una crisis general de valores. Los más jóvenes ven cómo el dinero fácil es premiado con el éxito económico e incluso social y político; porque no hemos sido capaces de generar un movimiento, en lo social y en lo político, de condena a ese dinero fácil.

Los antivalores se reproducen permanentemente en la trama social y los medios de comunicación, si no hacen una profilaxis continua en el tiempo, corren el riesgo de ser promotores de esos antivalores.

Los ejemplos sobran. En la radio se escucha a un hombre diciendo  “…yo quiero ser millonario, pero sin dar un golpe”; para concluir con que la solución es el Fracatán.

En este caso, la empresa que patrocina el comercial, es una empresa de juego de azar, que no tiene otra forma de hacer promoción, porque el uso mismo del producto que promueve, es vicioso. ¿Cómo pedirle al Fracatán que se promocione, promoviendo, al mismo tiempo, los valores? ¡Imposible!

Pero ahora quiero referirme al comercial de un producto y de una empresa que por su gran peso específico en la sociedad pudiera hacer mucho bien pero que, por desgracia, en este caso, está haciendo mucho mal.

Me refiero a un comercial que la Coca Cola estrenó con motivo de la temporada de La Pelota.

La idea básica del comercial es que La Pelota y Coca Cola pueden lograr la unión de los que pudieran estar distanciados o desavenidos.

La idea es excelente.

La manera en que se desarrolla el comercial es que unos muñequitos  muestran el cuadro de desavenencia entre dos partes, y en ese momento, al escuchar en la radio que “… la bola se va…, y se va…, y se fue…, home run…”, las dos partes desavenidas se abrazan porque La Pélota y Coca Cola han logrado que pongan de lado sus diferencias y se unan en un abrazo fraternal.

La idea permitía hacer mucho bien.

Presentar la unión entre el señor de la Jepetta y el canillita que le vende banderas de su equipo.

La unión entre el patrón y su empleado, entre el adolescente y el papá.

La unión entre el niño haitiano y el niño dominicano que, por ser niños, son libres de querer, y se abrazan porque son del mismo equipo.

La unión del matrimonio desavenido, que logra encontrarse en La Pelota al momento de comprar la Coca Cola. Ambos ya se buscaban, y luego de ese encuentro,  reconstruyen su vida de pareja.

En fin, presentar las uniones a favor de la vida.

Lo que hicieron fue totalmente lo contrario. Los ejemplos mostrados son grotescos y en el mejor de los casos desafortunados.

Presentaron la unión entre un pollero y el pollo que va a ser decapitado. Una imagen grotesca, de muerte.

Presentaron la unión entre un leñador y el árbol talado. Una imagen de muerte, desafortunada porque depreda y no sanciona la tala del árbol.

Como hemos dicho antes, luego de escuchar el home run  en la radio, el pollo se abrazó del pollero y el árbol del leñador.

Ahora viene el ejemplo perverso, el verdadero antivalor.

El único momento en todo el comercial en el cual dos seres humanos se abrazan, ocurre de la siguiente manera: Un matrimonio está descansando en su cama, disfrutando de  La Pelota en la televisión, y en el momento en que se escucha “… y la bola se va…, y se va…, y se fue…, home run…”; del armario sale un hombre, el marido al principio se sorprende un poco, pero luego siente que La Pelota y Coca Cola son más importantes, y no hay razón alguna para negarle un abrazo al recién salido del armario.

Se equivocaron.

Contra la vida, hicieron la defensa de la muerte. Esa defensa del adulterio, los expone, porque “Se puede adulterar el matrimonio, la familia…”; pero, ¿Acaso se puede adulterar la Coca Cola?

La salida que tiene la Coca Cola a esta vergüenza, es retirar inmediatamente el comercial, y dedicar, en lo adelante, recursos importantes a la promoción de los valores a favor de la vida.

Como dije al principio, la Coca Cola tiene un peso específico muy grande en nuestra sociedad, y ese peso le impone una responsabilidad social que no puede soslayar.

Ing. Mario Bergés

Centro Juan XXIII

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