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ene15


martes, 15 de enero de 2008

Parecía un chiste de mal gusto, capaz de provocar una risa amarga pero nunca para ocupar el titular de la primera página. Y efectivamente: ¨front page¨ del 9 de enero pasado en uno de los diarios nacionales: “JCE abrirá campaña electoral el 16 de Enero”. Se enteraron tarde, casi después del entierro.  Lo que dice la ley, lo que es; lo institucional, lo político: dos caras. ¿Debilidad institucional de la JCE o descaro de los partidos políticos?  El tema es estamos en campaña política de manera permanente sin necesitad de que nadie proclame nada.

 

 

Lo cierto es que entramos en el tramo rumbo a las elecciones de mayo próximo, con el que también se acentúa el efecto de “prudencia” que cada ocasión causa para todas las actividades, especialmente en la económica.  Las dudas y temores que se generan en la ciudadanía de cara a las elecciones tienen su fuente en los propios partidos y sus políticos, quienes realizan malabares en los medios de comunicación y crean expectativas mucho más allá de las que realmente tienen, con un discurso político incendiario y amenazante más que motivador y objetivo y que cuestiona al ente regulador de las elecciones. 

 

El proceso eleccionario debe ser un evento natural y normal de la vida democrática dominicana, como es de suponer, sin necesidad de crear fantasmas de eventualidades que entendemos superadas.  Sin embargo, se promueve la apariencia de que habrá resistencia a los resultados de las elecciones por ser “muy cerrada” la contienda o de eventuales intentos de “asalto” a los resultados, con lo que se cuestiona la fortaleza la JCE, que es precisamente donde juega un importante puesto que debe otorgar las garantías suficientes para eliminar cualquier tipo de temor de que la voluntad popular pueda ser escamoteada o vulnerada por la influencia o presión política.

 

Crecer institucionalmente no sólo significa crear estructuras legales funcionales sino que las mismas sean entendidas, usadas y respetadas en forma debida por los propios individuos y su entorno.  El esfuerzo de hacer una JCE confiable no está relacionado única y directamente con la fortaleza moral y profesional de sus miembros sino también en cómo ellos mismos administran esa fortaleza y en cómo la sociedad aprecia esos valores institucionales y personales.

 

En la recta final hacia el próximo compromiso eleccionario, no es ocioso pedir a la propia JCE que haga gala de los valores y virtudes personales y profesionales que son reconocidos a sus miembros y eviten, no por silencio o autocensura, los espectáculos de debilidad institucional y contradicciones que matizaron el pasado año. Es simplemente superar las fisuras y apetencias personales que pudieron surgir atizadas por compromisos políticos individuales y que, en función de la cercanía de evento, pudieran agriar más la situación interna de la JCE, facilitando así el terreno a los políticos quienes solo necesitan un poco de espacio de revuelo para la duda.  

 

Cada compromiso histórico con la democracia, plasmado en un proceso eleccionario,  entre otras cosas envuelve la historia personal de los hombres y mujeres que se encuentran en el deber ciudadano de conducir dicho proceso y para esto solo se requiere ver la patria ante todo, para evitar que cualquier otro elemento manche esa página histórica que cada uno de ellos vive.  De ahí que la vocinglería de prensa en que a veces incurren algunos miembros de la propia JCE, sin necesidad, merece una consideración responsable. Ciertamente que es un gran compromiso, que debe motivar y provocar colocarse por encima de todo lo particular, puesto que obviamente se  está frente al interés superior de la patria.

 

Parece iluso pedir sacrificios, principalmente a los políticos, para permitir un proceso sin traumas, en donde la JCE y sus representantes tienen el deber de elevarse. Vale recordar que el poder, aunque muchos no lo crean así, lo tiene el ciudadano cuando ejerce su derecho al voto de forma responsable y con sabiduría y quizás, algún día, podamos decir que ciertamente lo ejercemos plenamente.  Nuestra patria se lo merece.

 

Ángel Canó
CENTRO JUAN XXIII

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