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miércoles, 30 de enero de 2008

Durante la década de los 50, corría y transcurría la Dictadura del Rafael Leonidas Trujillo y nuestro país estaba sumido entre grandes dificultades sociales, políticas y económicas.

Nuestro subdesarrollado y aislado país, al igual que muchos otros, tenia muy poco contacto con el mundo exterior y su gente pocas posibilidades de cambiar su situación.

Algunos dominicanos tenían esperanza de cambiar su situación por una diferente y mejor. Con todo en contra incluso la historia y el destino, algunos pocos dominicanos extraordinarios creyeron que se podía cambiar.

Eran pocos pero eran buenos y sobre todo, eran tenaces, perseverantes, talentosos, pero sobre todo creían; creían que si, que se podía cambiar. Me referiré a dos grupos muy distintos, pero que coincidían en una cosa: creían.

El primer grupo fueron los héroes nacionales, hombres y mujeres que todos conocemos hoy por sus nombres y apellidos, que se jugaron sus propias vidas para eliminar de una vez y para siempre la tiranía y devolvernos la Patria que en un momento habíamos perdido.

Primero uno, luego otro, y así fueron creando la conciencia colectiva de que se podía cambiar lo que la mayoría pensaba era imposible de cambiar.  

El otro grupo es también de héroes nacionales, aunque libraron otras batallas, con otras armas y en otros países. Hoy recordamos algunos por sus nombres y apellidos, algunos se nos olvidaron, pero ya uno de ellos mundialmente inmortal; y otros le siguen sus pasos.

Me refiero algunos dominicanos poco recordados o reconocidos que jugaban béisbol o más bien jugaban pelota como pocos podían hacerlo, pero sobre todo creyeron más que otros. Creyeron que un día podrían salir de la Republica Dominicana y jugar en Estados Unidos, donde juegan los mejores jugadores del mundo y de esta forma cambiarían su destino y el de sus familias para siempre.

Cómo seria eso, con tanta discriminación racial, con tantas limitaciones económicas, con tantas limitaciones sociales.

Parecía imposible, quién lo diría. Me imagino que habrían pensado los padres, amigos y conocidos de un tal Osvaldo Virgil, que creyó que podía jugar en Estados Unidos y fue el primer dominicano que lo logró un 27 de septiembre de 1956 jugando para los Gigantes de New York y con esto abriendo para siempre las puertas a muchos dominicanos que comenzaron a creer.

Luego le siguieron Felipe y Mateo Rojas Alou, Juan Marichal, Julián Javier, Guayubin Olivo hasta llegar a las glorias recientes como Sammy Sosa, Pedro Martínez, David Ortiz, Vladimir Guerrero, Albert Pujols, entre otros.

Estos dominicanos en conjunto son una de las industrias que más dólares le producen a nuestra República Dominicana, quién lo diría.

En términos relativos, los peloteros dominicanos son los más y mejores peloteros de la Grandes Ligas hoy en día; un mercado global, un mercado competitivo, un mercado millonario, un mercado extraordinario. Estamos allí a la altura de los mejores del mundo.

Estos dominicanos crearon uno a uno una conciencia colectiva de que nosotros, los dominicanos, somos los mejores peloteros y casi cualquier dominicano puede aspirar a ser un buen pelotero. ¿Por qué? Porque en nuestro país hay una conciencia colectiva de que somos buenos peloteros, y lo creemos.

Esa conciencia no existía en la década de los 50, pero hoy sí. Cómo? Nos dimos cuenta que podíamos y nos contagiamos. 

Como es posible que unos habitantes de un país pobre, sin recursos, sin salud, sin educación, sin muchísimas cosas, sea capaz de producir los mejores peloteros del béisbol mundial. La respuesta es simple, en un momento determinado, esos dominicanos creyeron que se podía y “le buscaron la vuelta” para hacer todo lo que había que hacer para llegar a ser grandes peloteros e irse a las Grandes Ligas a ser ejemplos vivientes de lo capaz de hacer la voluntad, la disciplina, el talento, la esperanza y la entrega.

Hoy, bajo un escenario distinto, cincuenta años después, nuestros politicos nos han hecho creer que no podemos y que debemos aceptar el estatus quo en que no encontramos y que el país al que aspiramos no es posible.

Sin embargo, hoy muchos de nosotros creemos que sí se puede. Y muchos de nosotros ya hemos visto como somos capaces de cambiar nuestro entorno de trabajo, nuestro entorno familiar, nuestro entorno social con acciones correctas, con principios correctos, haciendo bien lo que tenemos que hacer. Muchos de nosotros creemos y sabemos ya que sí se puede.

Aquí, Ahora es momento de contagiar a más gente para que también descubran que sí se se puede y crean que se puede para que desarrollemos la conciencia colectiva que necesitamos para cambiar este país por el país al que todos aspiramos y que es posible alcanzar.

Cuando alcancemos esa conciencia colectiva, nuestra Patria será servida como se merece.

Ernesto Martínez

Centro Juan XXIII

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